
Pensé en escribir una canción, algo que revele quien es. Y mientras asocio notas musicales pienso en que líos estarás, en que pasaría si nos encontráramos en algún rincón.
Pasé por un puente hecho de ladrillos, un viejo subterráneo, lleno de luces marrones. Pude imaginar el trayecto con nosotros, mirando a lados opuestos.
Caminé por la playa, tomé una tabla que andaba por allí, nadie gritó ¡Eso es mío! Entonces me arrojé al mar. Nadé y nadé hasta encontrar la ola más grande. El agua me empujó al fondo y yo solo me dejé llevar. Todo se puso azul.
Escuché un tema que me acompañó a lo largo del tiempo que quise llorar. Recordé como pedí que dejara de gritar y hablar. Me acordé como dejé de tolerar los consejos que no servían. Me tapé los oídos y entonces grité yo. Un silencio al rededor presenció mi dolor.
Me subí a una hamaca, me columpié por horas. Yo y mi mente pasamos un rato. Descubrí que nunca vale la pena razonar con aquello. La frustración siempre llega luego de ese momento. Me pregunté si algún día iba a dejar de ser tan insistente con lo que no se debe. Pero a cierta edad los cambios se dificultan.
Paré junto a un hombre que estaba sentando en una vereda, no parecía estar lúcido, no parecia tener idea del mundo y de lo que pasaba a su alrededor. No parecía que no iba a envidiarlo, pero de hecho no lo hice.
1 comentario:
No parecía que no iba a envidiarlo, pero de hecho no lo hice.
No parecía que no iba a envidiarlo, pero de hecho no lo hice.
No parecía que no iba a envidiarlo, pero de hecho no lo hice.
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